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Las historias de Cochise PDF Imprimir E-Mail
domingo, 06 de enero de 2008
Image Deporte en Grande >> "Cochise", 65 años. Tres locos andaban sueltos. Uno era un "loco" de verdad; otro, un "cirirí", y el tercero, con alma de apache. Como la ranchera, Martín era "mujeriego, parrandero y bailador".

Las historias de Cochise contadas por Orlando Gómez, su amigo de juventud.

 Por

Oswaldo Bustamante Escobar

Medellín

 Cochise de rumba. Baile y una que otra cerveza. Siempre ha sido un deportista disciplinado. Foto Archivo.

El día que Martín Emilio Rodríguez se fue a correr a San Roque, a Orlando Gómez, su mejor amigo de juventud, y quien le acolitó todas sus travesuras, ni siquiera se le pasó por la mente que éste iría a hacer otra de las suyas hasta cuando, montado en un táparo, irrumpió en la cantina del pueblo y como si fuera aquel jefe apache del cual lleva su nombre -Cochise-, la convirtió en un verdadero pandemonio.

"Dónde está ese Luisego -periodista deportivo de los sesenta-, que lo voy a pisar con este caballo", repetía mientras boleaba zurriago y el dueño del establecimiento trataba infructuosamente de contenerlo. El alboroto fue total, pero no pasó a mayores porque el hombre salió y, como si nada, siguió saludando a la gente en el parque del pueblo.

"A él le nacía hacer toda esa clase de payasadas, pero no por molestar sino por hacerse notar y porque tenía una chispa inigualable", cuenta el "Negro" Gómez, también apodado "Cirirí" y a la postre una especie de lugarteniente de ese Cochise, extrovertido, jodón y dicharachero.

De él dicen que era más peligroso conduciendo una moto o un carro que una bicicleta. "Ese hombre era un loco; si le daban papaya era más peligroso que un alfiler en un sillón porque siempre andaba haciendo chacota, molestando y pensando en hacer alguna maldad piadosa", señala Gómez.

Pero si de chiflados se trataba, ahí estaba el "Loco" Romano, el tercero de ellos, un desdichado amigo de ocasión, blanco perfecto de las triquiñuelas de Cochise, quienes conformaban una trilogía de pánico fuera de las competencias ciclísticas.

Los viejos habitantes de Pácora, un municipio cafetero del Viejo Caldas, podrán recordar aquella tarde soleada de algún año de principios de los setenta cuando Cochise, "totiado" de la risa, azuzaba a Romano para que se echara un discurso político en el balcón del segundo piso del hotel donde estaban. "Loco dale, uy, uy, uy... echátelo pues" le decía Cochise mientras permanecía oculto detrás de la puerta. "Pueblo mío, sufrido y aguantador, no somos muchos, pero tampoco somos cobardes...", recuerdo muy bien la retahíla del Loco, mientras la gente se aglomeraba para ver al improvisado político, señala Gómez.

"Eso, eso, seguí, hablá más", le cuchicheaba Cochise, sin darse cuenta que por el alboroto causado el técnico Pinta Zea se había despierto. "!Payaso!", fue el grito que retumbó desde adentro mientras Martín quedaba petrificado ante el regaño del Pinta.

Y mientras las historias deportivas de este genio del pedal se regaban como pólvora, sus charlatanerías hacían presa a propios y extraños. "No era un ciclista sucio pero si molestaba mucho cuando iba en el lote: daba codazos, o lo cogía a uno de la camiseta y lo echaba para atrás. También nos sacaba de la carretera, pero siempre muerto de la risa. No lo hacía por maldad sino porque le gustaba ponerle picante a la carrera, por payasear", agrega Gómez, quien corrió apenas una Vuelta a Colombia.

Los parceros

Cochise y el Negro eran más que compañeros de ciclismo. Ambos fueron mensajeros: el primero de bares y boticas; el segundo de la fábrica Sintéticos. Eran como uña y mugre, para dónde iba el uno, allá caía el otro. Si uno comía banano con leche, el otro también. Y aunque también entrenaban juntos, lo que más compartían era la diversión y la parranda. De eso son testigos mudos las antiguas calles y casas de Manrique.

"Martín era incansable. Se bajaba de la bicicleta y ya quería hacer otra cosa. Iba a mi casa y me sacaba de la cama. Vení Negro, me decía, vamos que nos invitaron a un baile, y arrancábamos para alguna casa donde siempre pedía que le pusieran el twist de la gallinita porque era especialista bailando la música ye-ye. Y si viera cómo gozábamos viéndolo cuando se tiraba al piso haciendo la caída de la hoja".

Gómez siempre admiró a Martín al que cataloga de enamorado, recochudo y fiestero; buen amigo, buena gente y muy querido. "Era una época en que la amistad valía oro. Nosotros luchábamos no por plata sino por medallas, copas y satisfacciones. Y aunque éramos personas demasiadamente pobres, compartíamos hasta una naranjada".

Ese Martín Emilio que soportó el Negro Gómez fue el mismo que se parrandeaba La 45, el que alguna vez fue encarcelado por dispararle a un perro simple y llanamente porque "me iba morder y yo no soy tan bobo para dejarme", como se defendió ante la policía. O el mismo que mecateaba y que le gustaba el salchichón con arepa.

Mujeriego

Como paisa fino que era, por su porte, Cochise atraía miradas siempre que la caravana ciclística llegaba a los pueblos o cuidades, o en Manrique o Guayabal, donde con Gómez hacían de las suyas.

A María Cristina Correa, la mujer con la que Cochise Rodríguez comparte su vida, Cirirí Gómez apenas vino a conocerla casi treinta años después porque al Martín ese le conoció tantas amigas que ni siquiera a aquella la recuerda.

"De la que sí me acuerdo bien es de Doris, una muchacha con la que salíamos frecuentemente y parrandiábamos. Pero, además, en cada pueblo que llegaba, él se levantaba una "vieja" porque lo seguían mucho, incluso muchas veces se las tenían que sacar de los hoteles y con policía de por medio. Es que el nombre de Martín fue una cosa muy sagrada, era un rey donde llegaba".

Ese era el Cochise de antaño, el hombre bonachón y descomplicado al que bien podría aquella sentencia de la vieja ranchera: "mujeriego, parrandero y bailador... yo soy el aventurero, puritico corazón".

Opinión especial

Una veladora para San Martín Emilio

Por

Javier Ñato Suárez

Ciclista y amigo de Cochise

"Una vez cuando la Vuelta a Colombia del 66 arrancaba en Sogamoso, unos periodistas antioqueños, muertos del frío, se metieron a la casa de una viejita buscando café caliente. Allí se encontraron con que al lado de una veladora prendida había una imagen de Cochise pegada a la pared de bahareque. Le preguntaron el por qué lo alumbraba y ella les dijo que San Martín Emilio le había ayudado con la siembra de las papas y que ese año fue la mejor cosecha".

"En 1964 cuando nos preparábamos para los Olímpicos de Tokio, mi hermano Cochise me hizo una propuesta genial: Ñato tusémonos. Yo le seguí la corriente y aunque creí que me estaba mamando gallo y que me había hecho peluquear, él también lo hizo. En esa época no era bien visto que uno estuviera cabecipelao y por eso nos tocó ponernos gorritas. Afortunadamente eso causó sensación porque a dónde íbamos todos nos querían ver la pelada".

"Doris fue la primera novia de Martín. Él andaba tan tragado que cierto día cuando estábamos en Bogotá Martín le puso un telegrama que decía: Doris mi amor, te quiero tanto que te veo hasta en la sopa". "De él puedo decir que siempre fue un tomador de pelo, alegre, de gran temperamento y muy buen humor. Y lo que es más valioso, nunca se refirió en malos términos a sus rivales. Fue prudente".

2007 EL COLOMBIANO

 
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